Lo he leído en el XLSemanal de la semana pasada y casi lloro… el hombre que iba enfrente de mí en el topo ha tenido que flipar. ¿Será qué estoy sensible?
Mi padre tiene un cáncer terminal. Su cuerpo se consume. Pero, curiosamente, cuando la enfermedad aún no era visible, sus manos indicaban que algo no iba bien. Aquellas manos que no pudieron jugar de niño porque los mayores andaban enfrascados en el incomprensible juego de matarse entre si, que aprendieron a escribir con la caligrafía redonda y clara de un colegio de frailes, y más tarde todos los secretos de cómo trabajar la madera, para luego fichar en una empresa siderúrgica durante más de 40 años, que no perdieron ni un ápice de su pulso una vez jubilado y pudieron dedicarse por fin a lo que realmente les gustaba, aquellas manos, como digo, envejecían. ¿Qué era lo que estaba pasando? Hoy tenemos la respuesta: la vida se le va yendo a cuentagotas. Su cuerpo es de cristal y, sin embargo, aún queda fuerza en sus manos. Cuando se las agarro, él se aferra a las mías y me las aprieta. No sé si intenta conseguir algo de mi energía o transmitirme todo lo bueno que han hecho las suyas. Sin duda un generoso legado.
Violeta Fdez. Prieto, Bilbao
Fuente: XLSemanal
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